jueves, 15 de octubre de 2009

Seis Escritos en Seis Días: Día 2

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“Los bosques son hermosos, oscuros y profundos. Pero hay promesas que debo cumplir. Y millas por recorrer antes de dormir, y millas por recorrer antes de dormir” – Robert Frost.

El tiempo ciertamente es un concepto elusivo a nuestra existencia. Podemos sentirlo, podemos apreciarlo, podemos recordarlo, pero jamás tendremos oportunidad de aprehenderlo, de volverlo nuestro, de convertirnos en los amos del tiempo.

El tiempo fluye, e incluso en este punto tiene tintes picarescos, pues su fluir, aunque constante, no tiene siempre la misma intensidad. Ciertamente, el tiempo pasa más lento cuando estamos aburridos y pasa más rápido cuando la estamos pasando bien. Incluso podríamos decir que hay momentos en nuestras vidas en los cuales el tiempo se detuvo por completo y, es a mi creer, que son esos momentos especiales donde llegamos a concebir lo más parecido a “aprehender” el tiempo, a convertirlo en nuestro.

Estos últimos dos días, por ejemplo, para mí se convirtieron en uno. Un largo día de 38 horas. Es por eso que esta, mi segunda carta, está escrita en referencia al segundo día de los seis en que pienso plasmar en este espacio.

Sin lugar a dudas, al menos a mi forma de ver las cosas, el tiempo fluye en distintas intensidades en los distintos momentos de mi vida. Es el tiempo el que nos hace apreciar los cambios que hemos sufrido, como personas que transitan y fluyen en el mundo. Él mismo, el señor tácito, es el que debe transcurrir desde un punto hacia otro en nuestra vida. Yo, por ejemplo, haciendo alusión al señor tiempo, es que puedo decir “he cambiado con respecto a quien yo era”.

Algo que me resulta peculiar de todo este asunto es que, en el día a día veo mucha gente estar atenta al tiempo, a la hora, a qué hora deben hacer tal cosa o estar en tal lugar. Y, sin embargo, (sin excluirme yo de este conjunto) siento que es sólo pensando de esta forma, en abstracto, recordando momentos y reviendo el álbum fotográfico de mi alma que puedo componer ideas que se relacionen con lo que significa, para mí como persona, el paso del tiempo.

Con un amigo suelo discutir (en el sentido constructivo de la palabra) sobre este tema. Ambos coincidimos en el punto que mencionaba antes, en que el tiempo en sí es inalcanzable y que su fluir se nos hace palpable a través de las cosas que hacemos con ese tiempo.

Lo que más me estuvo dando vueltas en la cabeza, relacionado con el paso del tiempo, es justamente lo relacionado con los cambios en las personas. Cómo el tiempo se encarga de darnos perspectiva, cómo nosotros cambiamos y cómo los demás cambian. Y cómo esos cambios se entrelazan para formar o destruir conceptos y conexiones que teníamos en algún momento en la vida.

Cómo relaciones con el tiempo, se corroen.

Y cómo otras, surgen.

Es increíble la enorme cantidad de posibilidades que se nos llegan a presentar, y cómo al cambiar encontramos sonrisas perdidas donde antes había sólo desdicha, y cómo alegrías pasadas pueden llegar a parecer inocuas ante una nueva observación del camino recorrido.

¿Puedo yo, por ejemplo, ser capaz de mantener una promesa que mi antiguo yo hizo si él y yo no somos enteramente compatibles?

Es, verdaderamente, un debate que podría tener conmigo mismo durante horas, o días incluso. Y aún no he logrado formularme una respuesta concreta.

El tiempo nos cambia, y a la vez nos hace lo que somos.

Y hay millas por recorrer antes de dormir.

martes, 13 de octubre de 2009

Seis Escritos en Seis Días: Día 1

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“Estos pensamientos no llegaron en ninguna formulación verbal. Raramente pienso en palabras. Un pensamiento viene, y puede que intente expresarlo en palabras.” – Albert Einstein

Quiero que mis palabras tengan sentido. Quiero que sean una extensión de mí. Quiero adornar pensamientos de pequeños detalles, con pequeñas palabras, para luego apreciar la obra embellecida.

Quiero que mis palabras no sean vacías, quiero que tengan algún fin.

Esta es, quizás, la famosa maldición perfeccionista del escritor que, aunque sin serlo yo, me ha afectado levemente en este último tiempo. Me gustaría que, además de técnica, mi “obra” tenga corazón, que pueda latir por sí misma y que, en cierta medida, se disocie de mí, como escritor.

Es, ciertamente, un proceso hermoso y lleno de pequeños detalles que para cada cual tendrán muy diversos significados y orígenes. La apreciación por las palabras escritas es tan sólo una mímica, un espejismo, de lo que llego a sentir mientras escribo. Uno decide, por ejemplo, si anteponer el buscado adjetivo a la acción o a lo que se describe en el momento, o si dejar que el texto fluya hasta el adjetivo encontrado. Estas meras consideraciones estéticas, aunque incluso vanidosas a veces, según el caso, son sólo un pequeño paso dentro del camino único que representa cada texto que uno crea.

Los pensamientos se gestan de formas distintas, a veces le vienen a uno en forma de un sonido, o de un aroma, o incluso en forma de una imagen. Es una laboriosa tarea intentar reproducir una sensación similar en palabras escritas, plasmadas en papel o en tinta virtual, como es el caso. Pero cada tanto, muy cada tanto se viene el pensamiento generado de la forma más abstracta: palabras que se entrecruzan y forman oraciones circulares, bellas, que se cierran en sí mismas, y que uno a veces añade al texto tan sólo por la belleza que esa frase contiene.

Los casos más raros aún se presentan cuando las palabras siguen entrecruzándose, y se presenta ante uno un debate entre lo que el texto está queriendo susurrarle y lo que uno, como escritor, quería expresar en principio. Es como si el escrito poseyera una parte del cerebro y uno, como creador, como individual, sintiera la necesidad de dialogar con el texto, para poder, luego de un largo debate, llegar a un consenso entre las dos partes y dar fin a la obra.

Es, en ese momento, en que la obra se transforma también en el creador.

Y es por esto mismo que antes dije, que un escrito culminado puede (y debería) disociarse levemente de uno como persona que empuñó la pluma y la tinta (o vio las letras aparecer sobre la pantalla a medida que movía las manos frenéticamente sobre el teclado).

Todas estas consideraciones son resultado de tal debate interno que estaba relatando.

Tuve la suerte, en mi adolescencia, de contar con una especie de tutor que me ayudó a plantar ciertas bases a la hora de escribir, a la hora de dar mis primeros pasos reales dentro de este mundo etéreo e infinito. Desde ese momento, y hasta el presente, he recorrido distintos caminos, he volado en ocasiones hasta lugares en el cielo y me he llegado a disolver entre las palabras.

Y aquí estoy, ahora.

Admirándome de las sensaciones que aún me produce el escribir algo, buscando nuevamente el alma de mi escritura.

Quiero que mis palabras tengan sentido.

Quiero que sean una extensión de mí.