domingo, 9 de noviembre de 2008

"Eris Quod Sum"

Algunas veces no es suficiente lo que uno puede hacer para evitarle males a las personas que uno quiere. No, por más que uno quiera no puede luchar contra demonios ajenos. Esos demonios que, juguetones, pueden disfrazarse y mostrarse de las formas más diversas, como un duende al final del arcoiris, una sirena en medio de un océano solitario, o tan sólo como actitudes o acciones propias en la naturaleza de esas mismas personas que de tanto en tanto le juegan un revés inesperado.
No hay ya en nuestro mundo lugar para héroes; la gente no los necesita, o peor aún, ya no los quiere.
No hay gratitud ni sonrisa ni afecto, tan sólo desdén, indiferencia y soledad. Cada cual inmerso en su propio microuniverso, buscando alejarse o aislarse de las cosas que le rodean que le parecen imprescindibles o molestan siquiera su realidad (en apariencia) autosuficiente.
Cuando las heridas dejan de ser estigmas físicos y se encuentran a un nivel psicológico (por no decir psicosomático), no hay espada que empuñar, ni demonios que uno pueda luchar.
Cada cual, como dije, en su mundo.
Entonces, cuando aparece un extraño vagabundo en este "multiverso" formado por la suma infinita y la escasa intersección entre los microuniversos de las personas, alguien que se interesa más bien por adentrarse en esos recónditos lugares que por crear o aislar su propio rincón de realidad, no puede evitar sentirse confundido, perdido...
No hay avisos ante estas cosas, no hay un cartel que al entrar en esta realidad advierta al vagabundo con su espada.
Y él, él no pidió entrar allí; no pidió verse inmerso en esos lugares que tan ajenos le resultan y tantas veces quiso comprender, porque su mente, si bien cuenta con la capacidad de crear estos mecanismos que mencioné antes, decide, por alguna razón que se le escapa, no emplearlos, y seguir a la deriva en medio del mar, solitario y sin ningún rumbo prefijado.
Allí donde el viento le lleve, él se dirige.
Allí donde las medusas, las serpientes y los cíclopes se encuentran cada vez más lejos y su espada tenga escasa utilidad (por no decir nula).
Él intenta ver al mundo como un todo, comprender sus partes, sus mecanismos, sus defensas. Mas su alma, con el tiempo, se desgasta. Las miradas de las gentes al pasar con el tiempo tornan a la indiferencia, pues su sola imagen genera en ellos una de esas "molestias" que pretenden evitar.
Y el héroe (título sin ningún sentido ya) sigue caminando, preguntándose cuál es su rumbo, cuál es su lugar y el porqué de que su destino haya querido que caminase de esta manera. Se pregunta, mas no lamenta uno solo de sus pasos.
Con cada andar, cada mirada y cada contacto (por más breve que haya sido) ha aprendido un pequeño algo. Ese "algo" intangible pero que le da esencia a su vida como la ha vivido y como planea seguirla viviendo.
Cansado y abatido, torna a sentarse a un costado del camino que recorre, y pensar... pensar cuáles son sus monstruos, a qué demonios luchar.
Pero se ha dado cuenta de algo y esto es que en todo el tiempo que ha caminado solo, con la espada enfundada, ha olvidado, por falta de práctica, cómo empuñarla, cómo asestar el golpe, cómo dar batalla...
Su espíritu derrotado ya no sabe cómo volver a emprender la caminata, no reconoce los vientos que otrora le guiaran y ya no puede ni hablar. Llora silenciosaemnte y, sin saber cómo, no sólo ha vuelto a caminar sino que corre, sin saber hacia donde, sin poderse controlar.
Se ha olvidado su espada junto al camino y, cuando se percata de ello, no recuerda cómo regresar. Se detiene abruptamente: se ha dado cuenta que él nunca fue un héroe, sino que justamente un héroe es lo que necesita, alguien que lo instruya cómo luchar a sus demonios, o que lo haga en su lugar.
Busca y busca en las miradas comprensión, alguien que entienda su sufrimiento. Busca, hasta que una visión le petrifica por completo: al mirar el prado que le rodea ve incontables, casi infinitas espadas que yacen en el paisaje, abandonadas, entre las cuales seguramente se encuentre la suya allí, tirada, olvidada, adornando el lugar junto a las demás.
Se arrodilla, con la cara hacia el sol, y se pregunta...
Se pregunta si acaso aquellos "adornos" pertenecieron, alguna vez, a los que con tanto desdén le ignoraban.
¿Sería que quizás, ya no quedaban héroes capaces de ayudarle?
La caminata prosiguió lentamente y en silencio. Su mirada se tornó tosca e indiferente. Desdeñaba a aquellos que habían abandonado sus armas, y miraba con duda a aquellos que las empuñaban.
La caminata, prosiguió. La procesión infinita de las almas continuó.
Y su alma se perdió junto a las demás.