martes, 14 de octubre de 2008

Vi a un ángel caer por mi ventana

Llovía. Se oía el chapotear de las gotas al caer con furia y aglutinarse en los charcos que se formaban en los techos, en las veredas. El viento susurraba lentamente, pero arremetía con la suficiente fuerza como para que se oyera el vaivén de las copas de los árboles vecinos. La noche iluminaba su rostro empapado, el cabello le cubría la frente.

Estaba cansado, sentado en una terraza, bajo la lluvia. Podía ver al cielo estremecerse y tornarse intermitentemente de un azul vívido y transparente. Allí esperaba, con ansias, el escalofrío que le producía el temblor celestial que seguía a aquel azul brillante.

Desnudo bajo la tormenta sintió un leve suspiro en su alma. Cada gota que tocaba su cuerpo se evaporaba fugazmente y le aliviaba el dolor. La nada comenzó a oír su sollozo, y la tormenta cobró más fuerza. Parecía que la naturaleza comprendía su sufrimiento y buscaba apaciguarlo a toda costa.

Su cuerpo ardía en una fiebre enfermiza, su alma había explotado y ahora, quebrada, había hecho de él un despojo de persona, una especie de ser que ya ni fuerzas ni espíritu para levantarse tenía. La tristeza y la soledad, sus eternas compañeras, eran las únicas piezas que, irónicamente, había logrado rescatar.

Y permanecían.

Sus alas habían sido desgarradas, su corazón comenzaba a latir con menos fuerza, y su cuerpo ardía. Sus ojos ardían, sus manos, su boca, su piel.

Sintió el temblor una vez más y, sabiendo que aquel era su momento, con movimientos que le resultaban imposibles y le procuraban un malestar inexplicable, logró incorporarse.

Allí, parado en medio de la terraza, clamó su nombre al relámpago, y dijo “estoy listo”.

Corrió con determinación hacia el borde, y desplegó sus alas, sabiendo que el momento final se acercaba. Su final, su redención, su ineludible muerte.

Saltó y, milagrosamente, sus alas mostraron tener todavía la fuerza suficiente para mantenerlo. Voló, como tantas otras veces lo había hecho. Y se elevó en los aires, dejándose llevar allí a donde el viento susurraba su nombre.

Y de una manera repentina, implacable, el látigo azul cayó sobre él y sus lengüetazos ardieron sobre todo su cuerpo. T tras segundos, con una sonrisa en la cara, comenzó a caer. Cayó y cayó, en sus últimos momentos, con esa sonrisa tan particular que lo hacía único entre los de su especie.

La caída llegó a su fin tan repentinamente como había comenzado.

Los cielos lloraron su nombre y, poco a poco, el azul intermitente se despidió y la lluvia cesó.

Su sangre recorrió el suelo donde él había caído.

Su sangre, y sus lágrimas.

Su vida, y su muerte.
Y el mundo siguió girando.