martes, 27 de noviembre de 2007

Incondicional

"...sentado, meditando a la luz del sol en medio del claro de la arboleda purpúrea, el hombre pálido reflexionaba sobre las acciones y caminos transitados, las imágenes borrosas y tenues recuerdos que conformaba lo que él era en el presente.
La transmutación en su yo actual era el indeleble resultado de sendas marcas grabadas a fuego en su corazón y en su mente.
Las ramificaciones de su personalidad eran una maraña sin sentido, un infinito cruce entre pasadizos que parecían no llegar a ningún lugar. La enorme cantidad de callejones sin salido le habían obligado interminables veces a redescubrir su rumbo a abrir a fuerza de una voluntad imperiosa puertas fuertemente selladas, a escapar por ventanas o cultas, e incluso a veces a volver hacia atrás y redescubrir sus pasos.
Incontables compañeros fueron protagonistas de diversas situaciones y emociones. En el laberinto había transitado junto a amigos, amigas, seres queridos que en su momento proporcionaron una fuerte y compartida simbiosis, yan sólo por el placer de compartir junto a él momentos que quedarían en ambos aún más allá de una inminente encrucijada en la cual sus caminos se separarían. Había algunos que se habían perdido entre los pasadizos laberínticos, a otros los volvería a encontrar en el futuro, y había otras personas que, sin previo aviso, se habían topado con el final de su camino. Mas así, penosamente, el hombre pálido continuó caminando.
A veces, pensó, su vida tenía un objetivo a seguir, un espejismo, una luz al final de un túnel, amores perseguidos que le llamaban con voces agradables y bondadosas y, sin embargo, él nunca había llegado a encontrarles por completo. Una vuelta en la esquina y la luz que le guiaba se esfumaba por completo, desaparecía, dejándole solo y perdido en medio de la vastedad. La soledad se convirtió repetidas veces en su fiel compañera.
Consciente de esto, seguía adelante, dando vueltas, esperando encontrar otra luz que lo guiara y lo reconfortase, creando nuevas relaciones en el emdio, esperando que llegase su momento de caminar tiernamente junto a alguien, entrelazando su mano con la del otro, expresando el amor contenido cruelmente en su pecho.
Las señales estaban por doquier, los cuadros que adornaban las paredes parecían encontrar placer en mofarse de él. Imágenes de felices parejas llevando a cabo todo lo que él añoraba: compartirse, sentirse interiorizar, amar a cualquier persona que estuviese dispuesta a ser amada por una persona como él.
Reflexionando sobre todo esto, el hombre pálido dejó escapar una tenue sonrisa y melancólicas lágrimas en una mezcla de sensaciones antagónicas. Un dulce pajarillo posóse sobre su hombre, y juraría que un par de ramas de los árboles cercanos se estiraron hacia él. Sentado allí, siguió meditando.
Sintió poco a poco los momentos de alegría y contento, la significativa susceptibilidad que se siente cuando se ama a una persona, y supo que estaba recordando los últimos acontecimientos que lo habían llevado hasta allí.
Reconoció lugares propios a él, como la tranquila ciudad con horizonte, el rostro imperceptible de una media luna amarilla en una noche solitaria, el sonido de risas y carcajadas compartidas, llantos ocasionales y la ayuda de compartir momentos especiales con las personas que uno quiere.
Percibió entonces la incondicionalidad a lo largo de su vida. El afecto sentido pero nunca profesado, el desapego de su propia felicidad frente al bienestar ajeno. Sí, su felicidad no era más que una manifestación de la felicidad y la alegría de aquellos a quienes quería. Su intensa voluntad de ayudar a quien le pidiese consejo,. Incondicional, nunca esperando nada a cambio, nunca exigiendo reciprocidad en sus acciones.
Incluso en el amor era así, lo sabía. Amar para él era tanto un placer como una tortura, pues nunca exigió a nadie quizá lo suficiente como para que notase siguiera sus sentimientos. Por otro lado, nunca tuvo el coraje para convertir el espejismo en realidad.
Esta gama de factores, y su incondicionalidad como persona lo llevarían en última instancia a permanecer siempre en la mayor soledad, y esto era algo que sabía que no podría cambiar.
Ahora, sin embargo, era distinto. Ya no estaba a la búsqueda de una luz guía, había exorcizado su mente de espejismos, y en el proceso, había llegado a aquel hermoso claro en el cual yacía, consciente de un amor que nada de ilusión tenía.
Era algo tangible, palpable. Estaba ahora encerrado allí, en el mundo. Encerrado en un amor que realmente tenía pocas esperanzas y que, aún así, le hacía demasiado bien. La incondicionalidad era una esperanzada realidad. No exigía nada a este amor, no esperaba que la persona notase lo que sentía y tampoco sentía que pudiese llegar a ser un lazo recípoco.
Si estaba en lo cierto o no, sólo el tiempo, y quizá el valor para pronunciar ciertas palabras, lo diría.
Este, de todos sus amores, era en el que más creía y, ciertamente, el que tenía tantas probabilidades de embellecer todo o destruir todo al extremo.
Quería. Y quería ser querido.
Comenzó a lloviznar, un arco iris se formó en el cielo. Su exhaustiva búsqueda interna le había demolido. Estaba cansado y quería descansar. Cerró sus ojos y se echó a dormir, al tiempo que el pajarillo entonaba un arrullo celestial y hojas caían de los árboles para arroparle. Se durmió con una suave sonrisa en su rostro..."

- - - A toda persona que me conozca y que haya compartido (o comparta) parte de sí conmigo, tengo sólo una palabra: gracias. Posta, gente. Gracias. Son parte de lo que soy hoy. - - -

jueves, 15 de noviembre de 2007

Reflexiones en un vidrio aterciopelado

"...El hombre pálido caminaba sin rumbo en medio de la feria. Las personas a su alrededor transitaban en una peregrinación pueril de la que él no formaba parte.
Era como una sombra perpetuamente atravesada. Una sombra etérea que vagaba por el mundo.
Todos iban acompañados, sonriendo, tomándose de la mano mientras él continuaba transitando en soledad, su mano invisible y atrofiada no conocía la compañía de un igual.
Se dejó empapar por los sentimientos propagantes, sintió como si todas las sensaciones en el aire se concentraran en un punto, convergieran en él.
Continuó su caminata por la feria, buscando algo que sabía que allí no encontraría. Su objeto de deseo era un elemento extraño e inalcanzable, etéreo e inflamable.
Vio las extrañadas miradas de los asiduos mercaderes posarse sobre él, extrañados ante su presencia y, sin embargo, indiferentes ante su existencia.
La carcajante risa de la vieja bruja, habitante de la feria, y su enclenque dedo índice señalándolo era la imagen más macabra de toda aquella situación.
Salió corriendo de allí. Las cosas se volvían cada vez más irreales con cada zancada. Percibía la esencia adulterada, señal de un final inminente.
Antojósele todo aquello un espejismo, una ilusión indistinguible que quería reemplazar la realidad. Era la misma sensación que uno tiene al mirar el reflejo en un vidrio, ese tinte fantasmagórico que entorpece la visión y nos hace creer que estamos del otro lado.
El engaño es mutuo, pues es una artimaña tanto para el que observa como para el que es observado. La inversión que tiene lugar en este fenómeno nos hace ver una espectral realidad que se desarrolla del otro lado, inconsciente de su mundo gemelo. Esta visión le estaba desquiciando por completo.
El hombre pálido había observado durante tanto tiempo al mundo del reflejo y la ilusión, que ya no sabía siquiera dónde estaba parado.
Su paranoia embistió ¿Era él allí, parado mirando el reflejo?, ¿o era él el reflejo de la realidad, al otro lado?.
Tomó una piedra que se hallaba a su lado. Al observarla notó una inscripción ilegible. La levantó y la lanzó hacia el espejo. Un instante antes de que el vidrio estallase en millones de piezas, vio el reflejo de la inscripción en el espejo. Una palabra, completamente legible, completamente tortuosa y completamente determinante apareció ante sus ojos.
Momentos antes de que la realidad se desmoronara, sus ojos vieron en el reflejo de un vidrio aterciopelado, la palabra "VERDAD".

viernes, 9 de noviembre de 2007

El Teatro

"...la visión era borrosa tras el velo que cubría sus tenues ojos. Todavía cansado por el viaje, aún no se acostumbraba a todos los cambios sufridos.
El hombre pálido había saltado el umbral hacia un territorio desconocido, lleno de misteriosas sensaciones dignas de ser exploradas. El velo sobre su cara hacíale ver a las personas que le rodeaban con un instinto completamente agudizado.
Pronto la belleza del lugar le abrumó por completo. Se hallaba en un fabuloso anfiteatro, colmado hasta el último centímetro.
Y allí estaba él, en medio del escenario, completamente anonadado y consecuentemente, inmóvil, esperando.
El piso de mármol blanco reflejaba intensamente la luz de la luna. Las estrellas, desplegadas en su función nocturna, parecían emitir una sinfonía celestial al ritmo que se encendían y se apagaban. Las personas reunidas eran de la más amplia variedad posible y, sin embargo, el hombre pálido podía sentir y diferenciar hasta el más débil impulso que le conectaba a cada una de ellas.
Reaccionó ante la inminente melodía. Esta era su señal para actuar. Pero, perdido en su ensueño había olvidado por completo su papel. Su abstracción era tal que no recordaba los eventos que le habían llevado a ese momento, a ese lugar.
Sintió las miradas penetrantes de los espectadores, impacientes, como si ellos supieran que era el momento de su entrada.
Desesperado, víctima de una gradual sobredosis de adrenalina, el hombre pálido buscó entre la muchedumbre algún indicio que le audara a despertar su memoria
A través del velo vio personas que compartiendo su nerviosismo se sostenían de la mano. Esto era algo. Buscó y buscó, su mirada viajando de un extremo a otro de su campo visual. Se concentró en sí mismo. Miró brevemente su atuendo y pequeños fragmentos comenzaron a formar la imagen: el manto, el velo, su anillo. Escudriñó nuevamente al público y rápidamente sus ojos se cruzaron con los de una persona particular. Esto era lo que le hacía falta. Esa intensa mirada efímera que parecía durar una eternidad, la visión de aquella persona y su indisoluble sonrisa bastó para activar en su memoria hermosos recuerdos. Reconoció instantáneamente su papel, como si nunca lo hubiese olvidado. La mirada, la sonrisa, su manto, el anillo. Todo tenía sentido. Era aquella la 672a noche. Vislumbró a su alrededor la decoración del escenario y supo instintivamente qué debía hacer. Con movimientos triunfantes, dirigióse al público y llevó a cabo su rol a la perfección y con toda naturalidad. Se dirigió hasta el improvisado manzanero que se hallaba en el centro y dijo las líneas que finalizarían la función de la noche:
"Bellas de rostro exquisito, ¡oh manzanas dulces y almizcladas! sonreís al mostrar en vuestros colores rojos y amarillos, respectivamente, la tez de un amante dichoso y la de un amante desdichado; y en vuestro doble rostro unís el rubor a un amor sin esperanza!"
Los actores saludaron al público. El hombre pálido, personificando al amante desdichado, se retiró antes de esperar la reacción de los espectadores. Mientras bajaba del escenario, sin embargo, escuchó a la perfección los aplausos y vitoreos. Una noche más. Un día de felicidad..."

viernes, 2 de noviembre de 2007

Imágenes, recuerdos, mentiras

"...el eterno devenir. Los recuerdos se le escapaban, la emoria volvíase una maraña confusa de momentos indeterminados, como los rasguños y manchas de una vieja película de cine.
El hombre pálido ya no distinguía las escenas filmadas ante las pequeñas transiciones creadas para mantener la coherencia.
Su inconsciente se había adaptado, comenzó a trabajar como un editor que selecciona minuiciosamente las partes que conforman la obra final: agregando, sustrayendo, reemplazando.
Un árduo proceso, como un dios que considera el siguiente paso en su creación. Una utopía ireeal que le permitía soportar su existencia. Un sueño inacabable, una historia sin fin.
Las imágenes comenzaron a asemejarse cada vez más a su idílica mentira. Las piezas comenzaban a encajar. El rompecabezas proto estaría armado.
Los símbolos y señales le apabullaron, y volviéronle más sensible con cada suspiro.
Allí donde había un vacío, escenas de una implacable hermosura aparecieron.
La escena de su mano solitaria fue reemplazada por la imagen de manos entrelazadas.
El oscuro y desolado rincón de su alma comenzaba a sentir un flujo de luz que lo colmaba.
El hombre pálido estaba completamente desconcertado por los recientes eventos. Alguien llamaba a su puerta.
Todo comenzaba a tener sentido, ahora sólo restaba hallar y colocar una última pieza para que la imagen fuera completa. El rompecabezas estaba casi completo..."