martes, 30 de octubre de 2007

La ilusión al volante

"...el tratamiento había surtido efecto. La compensación era ahora completa. El hombre pálido abandonó el lugar con una sensación de desenfreno y victoria.
Mas esto no era, como los demás creían, señales de una cura, sino sólo de una impulsiva reducción sintomática.
Sus monstruos internos aún lo carcomían, y a cada paso notaba una penosa cercanía.
Por primera vez, las espinas comenzaron a incidir en él, lentas pero implacables, en su duro caparazón que comenzaba a desmoronarse. Era el quien ahora comenzaba a retroceder, comenzó a distanciarse. Las espinas lee dolían en el corazón.
El hombre pálido avanzó, sin más; sus pupilas contraídas ante la cegadora iridiscencia de bellezas recién descubiertas.
Sólo la esperanza de una dosis le mantenía adelante. Una dosis de afecto que tenía por seguro que algún día llegaría.
Desvió su atribulada mente de aquel infinito vacío, y redirigió sus energías hacia un lugar hermoso.
Un lugar lejos de allí, tanto física como emocionalmente. Una imagen. Un deseo. Un recuerdo. Un amor. Un desdén. Un dolor. Una muerte solitaria en medio del olvido.
Un tren que descarrila, un avión que se estrella, un barco se hunde en el horizonte: Piezas esparcidas de una vida quebrada.
El rompecabezas presentábase nuevamente ante él. El hombre pálido estaba seguro que esta vez, a su tiempo, lograría encajar las piezas y así formar la eterna imagen que le contenía, lo conformaba y lo hacía feliz..." (Let the pretend take over)

miércoles, 24 de octubre de 2007

Necesidad

"... Sintió cómo la tenue sonrisa de su niñez le abandonaba, cómo su imaginación flaqueaba, vio boas convertirse en sombreros.
El hombre pálido era conciente, tras largas y tendidas discusiones, que su sonrisa no era compartida, que había mucho en su cercanía que lo evadía por completo.
Notaba intensidades no coreespondidas, risas y sentimientos que otros se negaban a compartir con él. Mas no lograba desentrañar la razón por la cual todos terminaban alejándose gradualmente.
Quizá era su necesidad de lo contrario, de acercarse infinitamente al otro lo que ahuyentaba. El dilema del erizo a su patético exponente: eran sus largas y firmes espinas las que lastimaban a los demás, cuando él, en cambio, no llegaba nunca a sentir la incidencia de la de los otros.
Un erizo triste, solitario, que había olvidado cómo sonreír y cómo interactuar sin la inmensa confusión de la singular cercanía. La distancia antojábasele penosa, y provocábale amplias heridas.
Hiciera lo que hiciese, el hombre pálido resultaba lastimado. Y, de cualquier forma, los demás también.
El amor no compartido le era insoportable, sentía cómo sus latidos se volvían cada vez más débilesl. No sabía durante cuánto tiempo más podría aguantar. Su corazón estaba a punto de estallar..."

La letra "I"

"...Inmutable, el hombre pálido yacía boca arriba con su mirada perdida en ilusorios recuerdos que incesantemente torturaban su despojada e indiscernible consciencia.
Miradas incrédulas le atormentaban por doquier. La intriga indisoluble en los ojos de los transeúntes resonaba con su sensación de ser incomprendido.
El hombre pálido indagó en su inmenso interior. Sintió en él las intensivas marcas y cicatrices de una vida restringida, un alma rota y una indiferente realidad.
Invitó entonces a que los demás interiorizaran en él. Intensificó sus ansias de vivir, mas su cuerpo parecía haber olvidado la indispensable incidencia de su mente. Era esto incluso otro dolor, otra realidad alienada.
Y cuando creyó todo esfuerzo increíblemente inútil, la vida sonrió. Junto a él se hallaban dos individuos, indistinguibles entre la iridiscente muchedumbre. Incapaces de abandonar a un hombre incapacitado, levantaron del vacío al hombre pálido y prometiéronle ayuda.
Imitando lo mejor que pudo vestigios de una práctica inerte, incorporó palabras de agradecimiento. Sus compañeros sonriéronle mientras intentaban acomodarle.
La interminable batalla llegaba a su fin. Y sin embargo, mientras le cargaban, el hombre pálido no pudo evitar sentir otra marca sobre sí, quizá una que lo había acompañado desde el inicio.
Era ésta la marca de la idiotez, de la imposibilidad, de la insuficiencia. Ciertamente, era aquella la marca de la ignorancia..."

jueves, 18 de octubre de 2007

La caída

"... Y su realidad tembló. La verdad lo había destruido y su eterna compañera, su enemiga, había vuelto a aparecer. La soledad se manifestó imponente, sin ningún sentimiento cercano que pudiese llegar a reconfortarlo.
El hombre pálido ya no podía seguir llorando. Tan intenso era el dolor, tan desconcertante aquella situación, que podía sentir como, poco a poco, sus sentidos se entumecían.
Y de repente, el tumulto calló. Las incontables voces, los agonizantes gritos, toda la sinfonía discordante en su conjunto dejó de tocar.
Hallábase el hombre pálido aún más solo y triste de lo que jamás se lo había visto. Esta vez no habia nadie a su lado, nadie con la fuerza suficiente para infundirle la vida que necesitaba.
Cuasi inerte, se echó en el lugar, y ya nada le importó. La soledad y la tristeza habían asestado su golpe maestro. El hombre pálido no se volvería a levantar..."

Desilusión

"...El abrazo etéreo de una ilusión. Una pesadilla más que un sueño, un tormento más que un placer.
No era la primera ni sería la última vez que el hombre pálido se aferrara a lazos inexistentes. La realidad se convirtió en una densa nube de emociones marchitas, de palabras nunca pronunciadas, de débiles conexiones hechas añicos.
Estaba ahogado, no podía respirar. Las bocanadas de aire le eran imposibles de incorporar a su débil organismo.
Las sombras lo persiguieron hasta que le fue indiscernible la ilusión de la realidad.
Su dolorosa forma de sentir, esa paranoia autoflagelante generada en el olvido lo marcaba, lo destruía. Perdido entre sus mundos internos y la supuesta realidad, el hombre pálido lloró con una desgarradora simpleza, y su mirada de color confuso se perdió en la peor de las realidades. Sus ojos habían visto y comprendido la verdad..."

miércoles, 17 de octubre de 2007

Momento especial

"... El hombre pálido sonrió ante signos de afecto. Se notaba en su sonrisa famélica la carencia de momentos como aquél.
La persona junto a él se mostró complacida ante la grata reacción de su compañero. Había esperado promoverle felicidad. El alegre llanto contenido de su amigo despertó hermosos sentimientos nunca antes explorados.
El abrazo compartido disolvió entre ambos todo rastro de individualidad. Se generó entonces un mutuo sentimiento de pertenencia unívoca.
Por fin, el hombre pálido hallaba un poco de felicidad en un vínculo resonante, tanto en correspondencia como en intensidad.
Aquella triste, solitaria sombra había desaparecido por completo. Pálido aún, el hombre sintió que comenzaba a a vivir, a disfrutar, a amar..."