sábado, 29 de diciembre de 2007

Sabor amargo

"...la imagen ya vista, los recuerdos cíclicos que volvían para atormentarle. Todo estaba ahí, las partes de su vida que había dejado atrás, conexiones y sensaciones que le eran completamente ajenas volvían para abofetearle la cara. Pretextos y engaños, comodidad y aburrimiento. Las cadenas de la verdad eran una terrible carga, un pesar incontable que le destruía día a día.
Vio las caras convertirse en caretas, sintió la imperativa incidencia de las miradas extrañadas, consumiéndole, devorándole en su macabro festín. Sí. No había nada que él pudiese hacer a esa altura.
Aquello ya no era su vida. Por eso se sentía tan ajeno incluso en lugares donde normalmente uno se sentiría acogido, como en su propio lugar.
No. Esto ya no existía dentro de él. Extrañaba. Extrañaba su vida, la cual había abandonado durante un tiempo.
Se fue del lugar, sintiendo las vacías despedidas de quienes estaban con él en ese momento no afectarle en lo más mínimo. Se fue con un gusto amargo en la boca.
Estaba solo, y cansado. Solo, y con unas ganas terribles de abrazar a alguien.
Y solo, se abrazó a sí mismo. Y se fue.
Se fue pensando que durmiendo, quizá, o huyendo a tierras perdidas de héroes inimaginables, podría soportar el dolor. Soportar el estasis fenomenológico y emocional que le rodeaba.
Y entonces durmió, intranquilo, pensando en sí. Se durmió, en su abrazo.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Prohibido

"... una intensa tormenta veraniega estaba gestándose en su mente, y a su alrededor, señales de inminencia se manifestaban por doquier.
El olvido descubría conocimientos relegados, sensaciones puras que le hacían bien, y el implacable paso del tiempo.
Su necedad era casi virtuosa, una característica inherente de su ser. Su extensa capacidad para autodestruirse era quizá la razón por la cual se levantaba a las mañanas.
Era como un hombre que ha muerto mil veces y reencarnado en otra versión de sí mismo. Una disipasión de la memoria tenía lugar con cada muerte. Ya no recordaba quién había sido, tan sólo sabía quién era. O no, mejor aún, era como una vil serpiente que había cambiado de piel demasiadas veces como para recordar cuántas o porqué.
Una serpiente, sí, pero incluso fallaba en su desempeño y en su supervivencia. No era una serpiente común. Se negaba a escupir su veneno para lastimar o defenderse. Sentía así cómo se acumulaba en su interior, derriendo su (una vez hermosa, tenue e inocente) vitalidad. Era una víctima de su propia condición.
Era un solitario desterrado, un terrible anacroísmo para su tiempo, un error en el sistema divino (si es que siquiera existía algo así).
No había Eva a quien tentar, y un extenso árbol producía estacion tras estación centenares de frutos prohibidos. Mal gastados, desaprovechados, abandonados ante la inminente descomposición.
N o, no había Eva a quien persuadir, y Adán, por otro lado, le desdeñaba por completo. Él y ella estaban más allá de su alcance.
Sus intenciones siempre fueron malinterpretadas, siempre se le asoció a lo vicioso, macabro y perverso. Lo único morboso era su manera de sufrir, pues él tan sólo quería aquello que Adán y Eva siempre habían querido. Quería sentir el placer de un compañero a su lado. Necesitaba la caricia, el siseo de otro que le diera esperanzas. Necesitaba aquello que su condición le negaba.
No quería lastimar, ni ser lastimado.
Quería abandonar la comodidad que aquel lugar le proporcionaba, explorar el Edén junto a Adán o Eva de la mano. Quería transmutar en un animal hermoso al que no mirasen eternamente con edsdén. Añoraba por un beso.
Pero nadie nunca besaría a una serpiente (¿Nadie?)
El brillo en sus ojos y el incesante siseo melódico y renuente acabaría por llamar la atención de alguien. Y juntos, hallarían el placer exquisito que tanto hacía falta.
Entonces, continuó esperando, junto al árbool, consumiendo y siendo consumido por su propio veneno, esperando purgarse de él de alguna forma. Esperando a que alguien le besara.
¿Dónde estaban todos? ¿Dónde habían ido Adán y Eva?
La sensación de la inminente tormenta dejó paso al hecho en sí, y comenzó a llover. Llovió, llovió como nunca antes. La lluvia era como una bendición, como un llanto, un lamento celestial que le arrullaba. Gradualmente, sintió cómo con la lluvia el veneno era expulsado completamente de su cuerpo. Dejó que la lluvia limpiase su antiguo ser, y transmutó. Transmutó en un hombre pálido, de pelos oscuros y mirada perdida.
Adán y Eva se hallaban junto al árbol, sorprendidos, observándole. Se habían refugiado bajo el follaje, esperando a que la lluvia amainase.
Se levantó, cogió un fruto del árbol, lo mordió, y extendió su mano a Adán y a Eva, invitándoles a que comieran de él, con una mirada suspicaz, expectante..."

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Who would nourish from it?

domingo, 2 de diciembre de 2007

Llorando

"...la escena se desarrollaba con pronta obviedad. El hombre pálido, solitario, excuchaba una tierna melodía musical acompañada por palabras que le llegaban a lo más profundo. Escuchaba, solo, y llorando...

Yo estaba bien por un tiempo
volviendo a sonreír
Luego anoche te vi
tu mano me tocó
y el saludo de tu voz
Y hablé muy bien
y tú sin saber
que he estado
llorando por tu amor
llorando por tu amor
Luego de tu adiós
sentí todo mi dolor
Solo y llorando, llorando, llorando
No es fácil de entender
que al verte otra vez
yo esté llorando
Yo que pensé que te olvidé
pero es verdad, es la verdad
que te quiero aun más
mucho más que ayer
Dime tú que puedo hacer
¿No me quieres ya?
Y siempre estaré llorando por tu amor
llorando por tu amor
Tu amor se llevó
todo mi corazón
Y quedo llorando, llorando, llorando, llorando
por tu amor

...y así finalizó la canción, y el hombre pálido, lloró. Lloró y se abrazó a sí mismo, su amor le destruía.

- - - "This love I feel is a constant desease, a shroud of feelings I should never feel." N.S.L. - - -

martes, 27 de noviembre de 2007

Incondicional

"...sentado, meditando a la luz del sol en medio del claro de la arboleda purpúrea, el hombre pálido reflexionaba sobre las acciones y caminos transitados, las imágenes borrosas y tenues recuerdos que conformaba lo que él era en el presente.
La transmutación en su yo actual era el indeleble resultado de sendas marcas grabadas a fuego en su corazón y en su mente.
Las ramificaciones de su personalidad eran una maraña sin sentido, un infinito cruce entre pasadizos que parecían no llegar a ningún lugar. La enorme cantidad de callejones sin salido le habían obligado interminables veces a redescubrir su rumbo a abrir a fuerza de una voluntad imperiosa puertas fuertemente selladas, a escapar por ventanas o cultas, e incluso a veces a volver hacia atrás y redescubrir sus pasos.
Incontables compañeros fueron protagonistas de diversas situaciones y emociones. En el laberinto había transitado junto a amigos, amigas, seres queridos que en su momento proporcionaron una fuerte y compartida simbiosis, yan sólo por el placer de compartir junto a él momentos que quedarían en ambos aún más allá de una inminente encrucijada en la cual sus caminos se separarían. Había algunos que se habían perdido entre los pasadizos laberínticos, a otros los volvería a encontrar en el futuro, y había otras personas que, sin previo aviso, se habían topado con el final de su camino. Mas así, penosamente, el hombre pálido continuó caminando.
A veces, pensó, su vida tenía un objetivo a seguir, un espejismo, una luz al final de un túnel, amores perseguidos que le llamaban con voces agradables y bondadosas y, sin embargo, él nunca había llegado a encontrarles por completo. Una vuelta en la esquina y la luz que le guiaba se esfumaba por completo, desaparecía, dejándole solo y perdido en medio de la vastedad. La soledad se convirtió repetidas veces en su fiel compañera.
Consciente de esto, seguía adelante, dando vueltas, esperando encontrar otra luz que lo guiara y lo reconfortase, creando nuevas relaciones en el emdio, esperando que llegase su momento de caminar tiernamente junto a alguien, entrelazando su mano con la del otro, expresando el amor contenido cruelmente en su pecho.
Las señales estaban por doquier, los cuadros que adornaban las paredes parecían encontrar placer en mofarse de él. Imágenes de felices parejas llevando a cabo todo lo que él añoraba: compartirse, sentirse interiorizar, amar a cualquier persona que estuviese dispuesta a ser amada por una persona como él.
Reflexionando sobre todo esto, el hombre pálido dejó escapar una tenue sonrisa y melancólicas lágrimas en una mezcla de sensaciones antagónicas. Un dulce pajarillo posóse sobre su hombre, y juraría que un par de ramas de los árboles cercanos se estiraron hacia él. Sentado allí, siguió meditando.
Sintió poco a poco los momentos de alegría y contento, la significativa susceptibilidad que se siente cuando se ama a una persona, y supo que estaba recordando los últimos acontecimientos que lo habían llevado hasta allí.
Reconoció lugares propios a él, como la tranquila ciudad con horizonte, el rostro imperceptible de una media luna amarilla en una noche solitaria, el sonido de risas y carcajadas compartidas, llantos ocasionales y la ayuda de compartir momentos especiales con las personas que uno quiere.
Percibió entonces la incondicionalidad a lo largo de su vida. El afecto sentido pero nunca profesado, el desapego de su propia felicidad frente al bienestar ajeno. Sí, su felicidad no era más que una manifestación de la felicidad y la alegría de aquellos a quienes quería. Su intensa voluntad de ayudar a quien le pidiese consejo,. Incondicional, nunca esperando nada a cambio, nunca exigiendo reciprocidad en sus acciones.
Incluso en el amor era así, lo sabía. Amar para él era tanto un placer como una tortura, pues nunca exigió a nadie quizá lo suficiente como para que notase siguiera sus sentimientos. Por otro lado, nunca tuvo el coraje para convertir el espejismo en realidad.
Esta gama de factores, y su incondicionalidad como persona lo llevarían en última instancia a permanecer siempre en la mayor soledad, y esto era algo que sabía que no podría cambiar.
Ahora, sin embargo, era distinto. Ya no estaba a la búsqueda de una luz guía, había exorcizado su mente de espejismos, y en el proceso, había llegado a aquel hermoso claro en el cual yacía, consciente de un amor que nada de ilusión tenía.
Era algo tangible, palpable. Estaba ahora encerrado allí, en el mundo. Encerrado en un amor que realmente tenía pocas esperanzas y que, aún así, le hacía demasiado bien. La incondicionalidad era una esperanzada realidad. No exigía nada a este amor, no esperaba que la persona notase lo que sentía y tampoco sentía que pudiese llegar a ser un lazo recípoco.
Si estaba en lo cierto o no, sólo el tiempo, y quizá el valor para pronunciar ciertas palabras, lo diría.
Este, de todos sus amores, era en el que más creía y, ciertamente, el que tenía tantas probabilidades de embellecer todo o destruir todo al extremo.
Quería. Y quería ser querido.
Comenzó a lloviznar, un arco iris se formó en el cielo. Su exhaustiva búsqueda interna le había demolido. Estaba cansado y quería descansar. Cerró sus ojos y se echó a dormir, al tiempo que el pajarillo entonaba un arrullo celestial y hojas caían de los árboles para arroparle. Se durmió con una suave sonrisa en su rostro..."

- - - A toda persona que me conozca y que haya compartido (o comparta) parte de sí conmigo, tengo sólo una palabra: gracias. Posta, gente. Gracias. Son parte de lo que soy hoy. - - -

jueves, 15 de noviembre de 2007

Reflexiones en un vidrio aterciopelado

"...El hombre pálido caminaba sin rumbo en medio de la feria. Las personas a su alrededor transitaban en una peregrinación pueril de la que él no formaba parte.
Era como una sombra perpetuamente atravesada. Una sombra etérea que vagaba por el mundo.
Todos iban acompañados, sonriendo, tomándose de la mano mientras él continuaba transitando en soledad, su mano invisible y atrofiada no conocía la compañía de un igual.
Se dejó empapar por los sentimientos propagantes, sintió como si todas las sensaciones en el aire se concentraran en un punto, convergieran en él.
Continuó su caminata por la feria, buscando algo que sabía que allí no encontraría. Su objeto de deseo era un elemento extraño e inalcanzable, etéreo e inflamable.
Vio las extrañadas miradas de los asiduos mercaderes posarse sobre él, extrañados ante su presencia y, sin embargo, indiferentes ante su existencia.
La carcajante risa de la vieja bruja, habitante de la feria, y su enclenque dedo índice señalándolo era la imagen más macabra de toda aquella situación.
Salió corriendo de allí. Las cosas se volvían cada vez más irreales con cada zancada. Percibía la esencia adulterada, señal de un final inminente.
Antojósele todo aquello un espejismo, una ilusión indistinguible que quería reemplazar la realidad. Era la misma sensación que uno tiene al mirar el reflejo en un vidrio, ese tinte fantasmagórico que entorpece la visión y nos hace creer que estamos del otro lado.
El engaño es mutuo, pues es una artimaña tanto para el que observa como para el que es observado. La inversión que tiene lugar en este fenómeno nos hace ver una espectral realidad que se desarrolla del otro lado, inconsciente de su mundo gemelo. Esta visión le estaba desquiciando por completo.
El hombre pálido había observado durante tanto tiempo al mundo del reflejo y la ilusión, que ya no sabía siquiera dónde estaba parado.
Su paranoia embistió ¿Era él allí, parado mirando el reflejo?, ¿o era él el reflejo de la realidad, al otro lado?.
Tomó una piedra que se hallaba a su lado. Al observarla notó una inscripción ilegible. La levantó y la lanzó hacia el espejo. Un instante antes de que el vidrio estallase en millones de piezas, vio el reflejo de la inscripción en el espejo. Una palabra, completamente legible, completamente tortuosa y completamente determinante apareció ante sus ojos.
Momentos antes de que la realidad se desmoronara, sus ojos vieron en el reflejo de un vidrio aterciopelado, la palabra "VERDAD".

viernes, 9 de noviembre de 2007

El Teatro

"...la visión era borrosa tras el velo que cubría sus tenues ojos. Todavía cansado por el viaje, aún no se acostumbraba a todos los cambios sufridos.
El hombre pálido había saltado el umbral hacia un territorio desconocido, lleno de misteriosas sensaciones dignas de ser exploradas. El velo sobre su cara hacíale ver a las personas que le rodeaban con un instinto completamente agudizado.
Pronto la belleza del lugar le abrumó por completo. Se hallaba en un fabuloso anfiteatro, colmado hasta el último centímetro.
Y allí estaba él, en medio del escenario, completamente anonadado y consecuentemente, inmóvil, esperando.
El piso de mármol blanco reflejaba intensamente la luz de la luna. Las estrellas, desplegadas en su función nocturna, parecían emitir una sinfonía celestial al ritmo que se encendían y se apagaban. Las personas reunidas eran de la más amplia variedad posible y, sin embargo, el hombre pálido podía sentir y diferenciar hasta el más débil impulso que le conectaba a cada una de ellas.
Reaccionó ante la inminente melodía. Esta era su señal para actuar. Pero, perdido en su ensueño había olvidado por completo su papel. Su abstracción era tal que no recordaba los eventos que le habían llevado a ese momento, a ese lugar.
Sintió las miradas penetrantes de los espectadores, impacientes, como si ellos supieran que era el momento de su entrada.
Desesperado, víctima de una gradual sobredosis de adrenalina, el hombre pálido buscó entre la muchedumbre algún indicio que le audara a despertar su memoria
A través del velo vio personas que compartiendo su nerviosismo se sostenían de la mano. Esto era algo. Buscó y buscó, su mirada viajando de un extremo a otro de su campo visual. Se concentró en sí mismo. Miró brevemente su atuendo y pequeños fragmentos comenzaron a formar la imagen: el manto, el velo, su anillo. Escudriñó nuevamente al público y rápidamente sus ojos se cruzaron con los de una persona particular. Esto era lo que le hacía falta. Esa intensa mirada efímera que parecía durar una eternidad, la visión de aquella persona y su indisoluble sonrisa bastó para activar en su memoria hermosos recuerdos. Reconoció instantáneamente su papel, como si nunca lo hubiese olvidado. La mirada, la sonrisa, su manto, el anillo. Todo tenía sentido. Era aquella la 672a noche. Vislumbró a su alrededor la decoración del escenario y supo instintivamente qué debía hacer. Con movimientos triunfantes, dirigióse al público y llevó a cabo su rol a la perfección y con toda naturalidad. Se dirigió hasta el improvisado manzanero que se hallaba en el centro y dijo las líneas que finalizarían la función de la noche:
"Bellas de rostro exquisito, ¡oh manzanas dulces y almizcladas! sonreís al mostrar en vuestros colores rojos y amarillos, respectivamente, la tez de un amante dichoso y la de un amante desdichado; y en vuestro doble rostro unís el rubor a un amor sin esperanza!"
Los actores saludaron al público. El hombre pálido, personificando al amante desdichado, se retiró antes de esperar la reacción de los espectadores. Mientras bajaba del escenario, sin embargo, escuchó a la perfección los aplausos y vitoreos. Una noche más. Un día de felicidad..."

viernes, 2 de noviembre de 2007

Imágenes, recuerdos, mentiras

"...el eterno devenir. Los recuerdos se le escapaban, la emoria volvíase una maraña confusa de momentos indeterminados, como los rasguños y manchas de una vieja película de cine.
El hombre pálido ya no distinguía las escenas filmadas ante las pequeñas transiciones creadas para mantener la coherencia.
Su inconsciente se había adaptado, comenzó a trabajar como un editor que selecciona minuiciosamente las partes que conforman la obra final: agregando, sustrayendo, reemplazando.
Un árduo proceso, como un dios que considera el siguiente paso en su creación. Una utopía ireeal que le permitía soportar su existencia. Un sueño inacabable, una historia sin fin.
Las imágenes comenzaron a asemejarse cada vez más a su idílica mentira. Las piezas comenzaban a encajar. El rompecabezas proto estaría armado.
Los símbolos y señales le apabullaron, y volviéronle más sensible con cada suspiro.
Allí donde había un vacío, escenas de una implacable hermosura aparecieron.
La escena de su mano solitaria fue reemplazada por la imagen de manos entrelazadas.
El oscuro y desolado rincón de su alma comenzaba a sentir un flujo de luz que lo colmaba.
El hombre pálido estaba completamente desconcertado por los recientes eventos. Alguien llamaba a su puerta.
Todo comenzaba a tener sentido, ahora sólo restaba hallar y colocar una última pieza para que la imagen fuera completa. El rompecabezas estaba casi completo..."

martes, 30 de octubre de 2007

La ilusión al volante

"...el tratamiento había surtido efecto. La compensación era ahora completa. El hombre pálido abandonó el lugar con una sensación de desenfreno y victoria.
Mas esto no era, como los demás creían, señales de una cura, sino sólo de una impulsiva reducción sintomática.
Sus monstruos internos aún lo carcomían, y a cada paso notaba una penosa cercanía.
Por primera vez, las espinas comenzaron a incidir en él, lentas pero implacables, en su duro caparazón que comenzaba a desmoronarse. Era el quien ahora comenzaba a retroceder, comenzó a distanciarse. Las espinas lee dolían en el corazón.
El hombre pálido avanzó, sin más; sus pupilas contraídas ante la cegadora iridiscencia de bellezas recién descubiertas.
Sólo la esperanza de una dosis le mantenía adelante. Una dosis de afecto que tenía por seguro que algún día llegaría.
Desvió su atribulada mente de aquel infinito vacío, y redirigió sus energías hacia un lugar hermoso.
Un lugar lejos de allí, tanto física como emocionalmente. Una imagen. Un deseo. Un recuerdo. Un amor. Un desdén. Un dolor. Una muerte solitaria en medio del olvido.
Un tren que descarrila, un avión que se estrella, un barco se hunde en el horizonte: Piezas esparcidas de una vida quebrada.
El rompecabezas presentábase nuevamente ante él. El hombre pálido estaba seguro que esta vez, a su tiempo, lograría encajar las piezas y así formar la eterna imagen que le contenía, lo conformaba y lo hacía feliz..." (Let the pretend take over)

miércoles, 24 de octubre de 2007

Necesidad

"... Sintió cómo la tenue sonrisa de su niñez le abandonaba, cómo su imaginación flaqueaba, vio boas convertirse en sombreros.
El hombre pálido era conciente, tras largas y tendidas discusiones, que su sonrisa no era compartida, que había mucho en su cercanía que lo evadía por completo.
Notaba intensidades no coreespondidas, risas y sentimientos que otros se negaban a compartir con él. Mas no lograba desentrañar la razón por la cual todos terminaban alejándose gradualmente.
Quizá era su necesidad de lo contrario, de acercarse infinitamente al otro lo que ahuyentaba. El dilema del erizo a su patético exponente: eran sus largas y firmes espinas las que lastimaban a los demás, cuando él, en cambio, no llegaba nunca a sentir la incidencia de la de los otros.
Un erizo triste, solitario, que había olvidado cómo sonreír y cómo interactuar sin la inmensa confusión de la singular cercanía. La distancia antojábasele penosa, y provocábale amplias heridas.
Hiciera lo que hiciese, el hombre pálido resultaba lastimado. Y, de cualquier forma, los demás también.
El amor no compartido le era insoportable, sentía cómo sus latidos se volvían cada vez más débilesl. No sabía durante cuánto tiempo más podría aguantar. Su corazón estaba a punto de estallar..."

La letra "I"

"...Inmutable, el hombre pálido yacía boca arriba con su mirada perdida en ilusorios recuerdos que incesantemente torturaban su despojada e indiscernible consciencia.
Miradas incrédulas le atormentaban por doquier. La intriga indisoluble en los ojos de los transeúntes resonaba con su sensación de ser incomprendido.
El hombre pálido indagó en su inmenso interior. Sintió en él las intensivas marcas y cicatrices de una vida restringida, un alma rota y una indiferente realidad.
Invitó entonces a que los demás interiorizaran en él. Intensificó sus ansias de vivir, mas su cuerpo parecía haber olvidado la indispensable incidencia de su mente. Era esto incluso otro dolor, otra realidad alienada.
Y cuando creyó todo esfuerzo increíblemente inútil, la vida sonrió. Junto a él se hallaban dos individuos, indistinguibles entre la iridiscente muchedumbre. Incapaces de abandonar a un hombre incapacitado, levantaron del vacío al hombre pálido y prometiéronle ayuda.
Imitando lo mejor que pudo vestigios de una práctica inerte, incorporó palabras de agradecimiento. Sus compañeros sonriéronle mientras intentaban acomodarle.
La interminable batalla llegaba a su fin. Y sin embargo, mientras le cargaban, el hombre pálido no pudo evitar sentir otra marca sobre sí, quizá una que lo había acompañado desde el inicio.
Era ésta la marca de la idiotez, de la imposibilidad, de la insuficiencia. Ciertamente, era aquella la marca de la ignorancia..."

jueves, 18 de octubre de 2007

La caída

"... Y su realidad tembló. La verdad lo había destruido y su eterna compañera, su enemiga, había vuelto a aparecer. La soledad se manifestó imponente, sin ningún sentimiento cercano que pudiese llegar a reconfortarlo.
El hombre pálido ya no podía seguir llorando. Tan intenso era el dolor, tan desconcertante aquella situación, que podía sentir como, poco a poco, sus sentidos se entumecían.
Y de repente, el tumulto calló. Las incontables voces, los agonizantes gritos, toda la sinfonía discordante en su conjunto dejó de tocar.
Hallábase el hombre pálido aún más solo y triste de lo que jamás se lo había visto. Esta vez no habia nadie a su lado, nadie con la fuerza suficiente para infundirle la vida que necesitaba.
Cuasi inerte, se echó en el lugar, y ya nada le importó. La soledad y la tristeza habían asestado su golpe maestro. El hombre pálido no se volvería a levantar..."

Desilusión

"...El abrazo etéreo de una ilusión. Una pesadilla más que un sueño, un tormento más que un placer.
No era la primera ni sería la última vez que el hombre pálido se aferrara a lazos inexistentes. La realidad se convirtió en una densa nube de emociones marchitas, de palabras nunca pronunciadas, de débiles conexiones hechas añicos.
Estaba ahogado, no podía respirar. Las bocanadas de aire le eran imposibles de incorporar a su débil organismo.
Las sombras lo persiguieron hasta que le fue indiscernible la ilusión de la realidad.
Su dolorosa forma de sentir, esa paranoia autoflagelante generada en el olvido lo marcaba, lo destruía. Perdido entre sus mundos internos y la supuesta realidad, el hombre pálido lloró con una desgarradora simpleza, y su mirada de color confuso se perdió en la peor de las realidades. Sus ojos habían visto y comprendido la verdad..."

miércoles, 17 de octubre de 2007

Momento especial

"... El hombre pálido sonrió ante signos de afecto. Se notaba en su sonrisa famélica la carencia de momentos como aquél.
La persona junto a él se mostró complacida ante la grata reacción de su compañero. Había esperado promoverle felicidad. El alegre llanto contenido de su amigo despertó hermosos sentimientos nunca antes explorados.
El abrazo compartido disolvió entre ambos todo rastro de individualidad. Se generó entonces un mutuo sentimiento de pertenencia unívoca.
Por fin, el hombre pálido hallaba un poco de felicidad en un vínculo resonante, tanto en correspondencia como en intensidad.
Aquella triste, solitaria sombra había desaparecido por completo. Pálido aún, el hombre sintió que comenzaba a a vivir, a disfrutar, a amar..."